Transición energética en América Latina: entre el potencial estratégico y la reproducción de las desigualdades
Mtro. Raúl Abraham López Martínez
En el contexto actual de crisis climática global, la transición energética se ha convertido en uno de los temas más relevantes de la agenda internacional. En este sentido, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) publicó el 5 de marzo de 2026 una Guía Metodológica para la elaboración de los Planes de Transición Energética en América Latina.
Dicho documento fue elaborado bajo la coordinación de las y los especialistas Pablo Carvajal, Rafael Poveda y Marina Gil, en el marco de los trabajos que realiza el “Foro Regional de Planificadores Energéticos” (FOREPLEN) de la CEPAL, y con el apoyo del programa internacional Get.Transform y el proyecto de la Cuenta de las Naciones Unidas para el Desarrollo “Transición energética justa y sostenible para América Latina y el Caribe”.
Esta Guía tiene como principales propósitos contribuir a la elaboración de planes de transición energética creíbles, que faciliten el acceso al financiamiento requerido para su operación, y que se alineen con buenas prácticas internacionales.
Como se puede leer en el documento, la Guía no se centra exclusivamente en cuestiones técnicas, sino que incorpora aspectos políticos, económicos, institucionales, sociales y ambientales; también considera la importancia de que estos planes estén acompañados de acciones de comunicación que contribuyan a la transparencia en cuanto a la ambición de los objetivos, las acciones y lo que implica la gobernanza en el marco de la transición energética nacional.
En este sentido, la Guía ofrece un modelo metodológico para elaborar planes de transición energética con capacidad de adaptarse a entornos cambiantes e inciertos, que permitan alcanzar los objetivos propuestos, estableciendo una propuesta distinta a las formas tradicionales de planificación energética.
Dada la relevancia en la apuesta de futuro que promueve este modelo de transición energética, considero necesario revisar estos marcos desde un enfoque que privilegie los valores de la democracia y la inclusión social. Esto implica colocar en primer orden la discusión pública de estos planteamientos, así como la necesidad de promover una mayor participación ciudadana en el análisis y debate de estos temas.
Bajo este orden de ideas, se ofrece a las y los lectores la siguiente reflexión.
La disputa por los recursos: entre lo común y lo privado
La transición energética no es un proceso meramente técnico, sino profundamente político. Implica la reorganización de mercados, territorios, tecnologías y relaciones de poder.
Históricamente, América Latina ha sido una región marcada por dinámicas extractivistas, donde la explotación de recursos naturales ha beneficiado principalmente a élites económicas nacionales y actores internacionales, mientras que las comunidades locales han recibido beneficios marginales.
El riesgo es claro: que la transición hacia energías limpias reproduzca esta lógica; que el litio, el sol, el viento y el agua se conviertan en nuevos objetos de acumulación, sin alterar las estructuras de desigualdad existentes.
Por ello, es indispensable que la sociedad participe activamente en la definición de las reglas del juego. No se trata únicamente de cambiar las fuentes de energía, sino de redefinir quién decide, quién produce y quién se beneficia.
El espejismo de la transición: continuidad del modelo productivista
Uno de los principales límites de los enfoques promovidos por organismos internacionales radica en su anclaje en un modelo productivista de crecimiento económico. Bajo esta lógica, la transición energética se concibe como una oportunidad para generar empleo, atraer inversión y dinamizar mercados.
Pero esta visión deja intacto un problema de fondo: la idea de crecimiento ilimitado en un planeta con límites biofísicos evidentes.
Si la transición energética se limita a sustituir combustibles fósiles por energías renovables sin cuestionar el modelo de consumo y producción, lo que tendremos no es una transformación, sino una adaptación del capitalismo a nuevas condiciones.
En este escenario, las energías limpias podrían convertirse en el soporte de un nuevo ciclo de acumulación, donde los beneficios se concentren nuevamente en manos de unos cuantos.
Tecnocracia, mega infraestructuras y exclusión social
Otro riesgo relevante es la consolidación de una nueva tecnocracia energética. La complejidad técnica de estos procesos tiende a desplazar el debate político hacia espacios especializados, reduciendo la participación ciudadana.
Asimismo, la implementación de grandes proyectos de infraestructura energética; parques eólicos, plantas solares, redes de transmisión, puede generar nuevas formas de control territorial y exclusión social, especialmente si no se incorporan mecanismos reales de consulta y participación.
La transición energética, en este sentido, puede convertirse en un proceso que, bajo el discurso de la sostenibilidad, refuerce estructuras de poder centralizadas y tecnocráticas.
¿Qué modelo de sociedad queremos?
La pregunta de fondo no es tecnológica, sino política y ética: ¿qué tipo de sociedad queremos construir?
¿Una sociedad que mantenga la lógica de crecimiento ilimitado, ahora sustentada en energías limpias?
¿O una sociedad que replantee sus formas de producción, consumo y relación con la naturaleza?
La crisis ambiental no es únicamente una crisis energética, sino una crisis civilizatoria. Resolverla implica ir más allá de la sustitución tecnológica y avanzar hacia una transformación profunda de nuestras estructuras sociales y económicas.
Hacia una transición con justicia social
Frente a estos desafíos, es considero fundamental impulsar una transición energética que no solo sea sostenible en términos ambientales, sino también justa en términos sociales.
Si la transición energética que visualizan las agencias internacionales y los países con mayor poder económico y político coloca como prioridad garantizar beneficios para los grandes inversionistas, estaremos ante una renovación de las políticas neoliberales en el ámbito energético. Esto, en el contexto actual de crisis social y profundas desigualdades económicas, resulta sumamente cuestionable.
A manera de Conclusión
La transición energética es, sin duda, una oportunidad histórica. Pero también es un campo de disputa.
No basta con cambiar la matriz energética; es necesario transformar las relaciones de poder que la sostienen. De lo contrario, las energías limpias podrían convertirse en el nuevo rostro de viejas desigualdades.