Nicaragua vive en un estado de excepción que nadie ha declarado

Estos días son confusos, vertiginosos y frustrantes. De portazos y patadas a la esperanza del puñado, ya muy reducido, de opositores que continúa tratando de trabajar en Managua. Uno hace una entrevista en la mañana y a media tarde, antes de que caiga el sol, el gobierno ha respondido a lo que planteaba la entrevistada. Como si hubiera estado escuchando las preguntas al aire de sus opositores, el guión estuviera escrito con tinta de plomo y solo se tratase de ir leyendo líneas para responder.

Vilma Núñez llega dos horas tarde a la reunión que ella misma ha convocado para media mañana. Sofocada, ágil y lúcida, cargando con más de medio siglo de militancia en la defensa de los derechos humanos a las espaldas, la directora del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos, recientemente cerrado por Decreto Legislativo y acusado, entre otros delitos, de terrorismo y odio, circula por Managua con prisas, acompañada de una asistente, reuniéndose en oficinas prestadas y dando fe de dos derrotas: la suya, en tanto defensora de la ley y la de Nicaragua, que no es Estado de Derecho.

Sostiene Vilma Núñez que el gobierno de Daniel Ortega sigue a rajatabla la siguiente estrategia: el país es su propiedad y va a tratar de acabar con todo lo que se interponga en su camino. Para eso necesita silenciar las voces que han sobrevivido a la represión de las protestas masivas de los meses pasados. Cree también, optimista, que eso sucede, en su opinión, porque el fin está próximo. Lo compara con la última mejoría, breve y falsa, del enfermo terminal. Qué va a decir. Resulta paradójico que lo crea cuando la realidad no muestra más que el control férreo de la institucionalidad sandinista, que navega sin perder el rumbo por entre calles pacificadas.

Sostiene Vilma Núñez que se siente impotente. Que el golpe emocional es serio. Más que serio, demoledor. La suya es una organización de derechos humanos que se ha quedado sin permiso de funcionamiento, sin oficina, sin archivos. Que no puede llegar a la puerta de un juzgado ni a la de una cárcel. Mucho menos entrar. Que, apegada a la legalidad, solo recibe fuerza bruta en respuesta. Apela a que el tiempo demostrará quien tenía la razón. Porque hoy, en el presente, ante los hechos consumados, resulta irrelevante quien tenga la razón.

Su lucidez radica, al menos, en lanzar una advertencia. Nicaragua no puede ceder ante el chantaje de la familia presidencial. La sensación de derrota puede llevar a tomar decisiones improvisadas. Ortega, cree Vilma Núñez, sabe ganar guerras. No hay que caer en la provocación. Se dirige a los miles que lo han perdido ya casi todo. Si Ortega maneja un lenguaje militar, pide, no hay que entrar en su campo ni seguir sus reglas porque el camino que abren es más oscuro aún que la sensación de vivir perdidos en el bosque que invade a tantos. Hay que buscar, todavía, como rescatar la institucionalidad en lugar de aceptar que ha desaparecido para siempre.

Vilma Núñez espera no ser detenida. Pero también afirma estar preparada en caso de que suceda. La venganza es consustancial a la psicología de Ortega y su esposa Rosario Murillo. Núñez fue sandinista. Eso no se perdona. Ante la pregunta más básica, la obligatoria, la última, la que inquiere sobre la hoja de ruta, una salida que pasa por esperar ayuda. Se despidió apelando a la legalidad internacional. No había llegado la hora de comer.

Lo que vino después fue peor.

La de Vilma Núñez no fue la única derrota de un miércoles negro para Nicaragua.

Apenas unos minutos después de la entrevista con Núñez, a pocas cuadras, Carlos Fernando Chamorro, Director de Confidencial, periódico cuyas instalaciones van a cumplir una semana clausuradas y ocupadas por la policía sin orden judicial ni acusación o documento alguno, presentaba una denuncia por el robo de los equipos de producción de su empresa por parte de la Policía Nacional. Lo hacía apenas 48 horas después de presentar un recurso de amparo contra esa misma confiscación del medio de comunicación independiente más respetado del país. Que sigue funcionando, sí, en semiclandestinidad. Rodeado de mucha menos expectación, periodistas y policías que en la ocasión anterior.

Frente al horror, la nada. El silencio. La espera. La incertidumbre. ¿Cómo se defiende alguien si no sabe de qué se le acusa? ¿Cómo se recurre una orden que nadie ha visto? ¿Ante quien reclama quien no sabe de dónde salió una orden? ¿Cómo se define un estado de excepción que nadie ha declarado pero en el que todas las garantías del derecho han sido suspendidas?

Del mismo modo que se cierra un medio, se expulsa a los testigos incómodos. A la hora de la sobremesa, el Canciller Denis Moncada sentó en su despacho a los responsables de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en Nicaragua. También invitó al encuentro a los miembros del Grupo de Expertos Independientes que la Organización de Estados Americanos había convocado para redactar un informe sobre lo sucedido en el país estos últimos. meses Faltaban pocas horas para que lo hicieran público.

Y los expulsó de Nicaragua.

Del largo documento que justifica la expulsión podemos quedarnos con dos palabras-mantra que sirven estos días a todos para todo. “Noticias falsas”. De eso acusa el gobierno de Nicaragua a la misión internacional.

El Canciller Denis Moncada, en cuestión de horas había dado una respuesta a lo planteado por la defensora de los derechos humanos más respetada del país. Las instituciones internacionales de derechos humanos no son bienvenidas en Nicaragua. Sus informes no serán siquiera presentados en el país.

Apele, pareciera decir Moncada, apele Señora Núñez a la justicia internacional. Ya ve lo que nos importa.

Nadie sabe cuál será el siguiente golpe de la pareja presidencial y sus cuerpos de choque. Pero pocos dudan ya de que clausuradas las organizaciones, cerrados y ocupados los edificios, lo único que queda por anular son las personas que un día los trabajaron. Si mataron, detuvieron y lanzaron al exilio exterior e interior -en agujeros y casas de seguridad- a los líderes estudiantiles y campesinos ¿Por qué dejarían seguir moviéndose y hablando a personas como Vilma Núñez o Carlos Fernando Chamorro que, a medida que pasan los días, mutan de meros directores de organizaciones de derechos humanos o medios de comunicación a personalidades de talla histórica?

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